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En agosto, llega libro Gestión y autogestión en la cultura

libroooLuego de varios meses de trabajo editorial, en el mes de septiembre saldrá a la luz el libro “Gestión y autogestión en la cultura y otros escritos”.

El texto, recoge diversos trabajos publicados durante los últimos 10 años y otros inéditos. Se trata de reflexiones sobre gestión cultural comunitaria, animación cultural, asociatividad, financiamiento de la cultura y de diversos procesos en los que me ha tocado participar. De algún modo, se trata de una fotografía personal de este tiempo, buscando sistematizar y compartir reflexiones y experiencias.

Al igual que en pasadas ediciones, se pondrán a la venta una partida de 100 ejemplares numerados y autografiados a un valor de $ 6.000 a objeto de contribuir al financiamiento colaborativo de este trabajo. Interesados en apoyar, pueden escribir al correo egaccultura@gmail.com para solicitar un ejemplar.

La presentación del libro se realizará a fines de septiembre en Santiago.

:: Ficha Técnica: “Gestión y autogestión en la cultura y otros escritos”. Roberto Guerra Veas. Ediciones Egac, Chile 2016. 21 x 14 cts.  120 páginas, ilustrado. 

Animando en la cultura. Algunas ideas para el debate

Comparto un pequeño articulo publicado en el programa del “Encuentro de gestores culturales, Animación sociocultural: la comunidad protagonista de su propio desarrollo”, realizado por Almagesto Mediando cultura, los días 17 y 18 de Septiembre, en Mar del Plata, Argentina.

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Pensar la comunidad como protagonista de su desarrollo constituye un desafiante esfuerzo que desde siempre ha animado los empeños de quienes, situados en el territorio, entienden la participación activa y el empoderamiento, como elementos clave de este proceso.

En el ámbito de la cultura, las experiencias comunitarias vienen dando cuenta sistemáticamente desde hace décadas -mucho antes que comenzara a hablarse de gestión cultural- de una intensa actividad que se articula en torno del trabajo voluntario y asociativo en los territorios. Se trata de un quehacer en constante desarrollo, que abre espacios, posibilita la generación de sentidos, y que no espera orientaciones de ningún tipo para actuar, lo que configura su sello de identidad: el emprender desde la práctica concreta.

A inicios de los ´90, el desembarco de la gestión cultural en América Latina rápidamente fue seduciendo al sector cultural, dando pie a un proceso de reconversión de los hasta ese entonces trabajadores de la cultura, ahora devenidos en gestores, adscribiéndose a la tendencia. Rápidamente, la gestión puso en circulación un verdadero glosario que hoy domina las conversaciones. Por su parte, la animación (socio) cultural es una práctica tan rica como poco sistematizada, que sin embargo en Chile, de la mano de iniciativas a nivel de grupos, comunidades y del propio Estado, experimenta un incipiente reposicionamiento. La documentación y sistematización de estas experiencias sigue siendo una asignatura pendiente.

Sin embargo, gestión y animación cultural -pese a compartir la cultura como escenario- no son necesariamente coincidentes en propósitos y estrategias, lo que habla de un campo disciplinar compartido y en tensión, más aun considerando la matriz administrativista de la gestión cultural, que tanta gravitación posee en algunos espacios. Pese a lo indudable del aporte que viene haciendo la gestión cultural al mejoramiento de las prácticas en el campo de la cultura y las artes, son muchas las dudas que aún subsisten respecto del impacto que tanto énfasis en la gestión y el producto por sobre el sentido, tienen en el quehacer cultural.

En este marco, las prácticas de intervención cultural comunitaria, deben procurar estar en  sintonía con los problemas, sueños y necesidades que surgen de la vida cotidiana de las comunidades donde realizamos nuestro trabajo. Es esa relación la que fortalece su sentido, y permite que estas experiencias sean algo más que cumplir con el proyecto, o lograr el producto comprometido con el financiamiento.

La profesionalización que hoy preocupa a la gestión cultural ha contribuido (queriéndolo o no) a problematizar el rol y perfil del actor cultural comunitario, preguntando por las competencias y herramientas que debe poner en juego para desenvolverse con éxito en el escenario actual. Pero, ¿es posible una integración metodológica entre gestión y animación?, ¿Qué vamos a gestar y para qué?

Es por esto que la animación cultural a nivel de grupos y comunidades, experimenta el desafío de resituarse en el complejo escenario actual, buscando contribuir desde la acción colectiva y cooperativa a la generación del nosotros que hace de estas experiencias algo distinto. Hablamos de la búsqueda permanente de estrategias para encantar la participación y poner en tensión ganas y energías al servicio de un proyecto colectivo, que permita democratizar el acceso a la cultura y sus manifestaciones como derecho y saludable ejercicio de ciudadanía.

El fortalecimiento de la participación ciudadana en la cultura, en perspectiva de la construcción de un proyecto ético-político que oriente el quehacer del sector, representa en este camino un desafío de primer orden. Este esfuerzo precisa superar el estado de fragmentación asociativa que exhiben los actores culturales, si es que lo que se quiere es generar una actoría con voluntad de incidir en el curso de las políticas.

Así, entre tanta gestión y proyecto, relevar el sentido, representa una oportunidad para dibujar un quehacer cultural que inaugure nuevas conversaciones y ponga al centro de sus preocupaciones no solo la certeza de la técnica, sino la inquietud de la pregunta y ojos abiertos para captar la riqueza de todo aquello que la cultura esconde y a la vez genera.

Animación Cultural para construir un nosotros en comunidad

En Abril del año pasado  en el marco del Ciclo “Enfoques contemporáneos de la Gestión Cultural en Chile” se llevó a cabo en el centro Cultural de España el debate “Animación Sociocultural en Chile: un método interrogado por un territorio” en el que me tocó participar. Las siguientes líneas corresponden a la síntesis pedida por los organizadores para un texto de próxima aparición.

Hablar de animación sociocultural en Chile es referirse a una práctica que ha acompañado el quehacer cultural y comunitario durante décadas y que hoy experimenta un proceso de franca revitalización. Al contrario de lo que se piensa, las experiencias de animación cultural poseen larga data en nuestro país y de algún modo con sus particularidades ilustran diversas épocas de nuestra historia: consignemos la experiencia del teatro obrero, el proceso generado en torno a la llamada “promoción popular” en los sesenta, el vigoroso movimiento cultural del gobierno de la unidad popular, las prácticas de resistencia de la mano de la educación popular en los años ochenta, y lo que podríamos denominar “reencantamiento” de estos años.

 Luego de la comenta atomización y dispersión del movimiento social experimentada en los inicios de la transición, el espacio local sigue siendo escenario de una colorida diversidad de expresiones en el ámbito sociocultural que generan sentidos y abren espacios de participación para sus comunidades. Se trata de la siempre inquieta capacidad asociativa del mundo popular que se reconfigura, inventa y recrea espacios para decir y hacer, sin esperar instituciones ni políticas, sencillamente actúa, siendo los muros y la calle el escenario de muchas de esas acciones. Es preferentemente en ese contexto donde se sitúan las prácticas de animación sociocultural.

Sin embargo la animación en el sentido amplio del término es una práctica tan rica como poco sistematizada, lo que de alguna manera podría explicar lo polisémico de su denominación. Surge aquí el desafío de documentar y socializar las experiencias que desde esta perspectiva se llevan a cabo como parte del quehacer de quienes trabajan en cultura.

Anotemos en este breve recorrido que dado que comparten un campo de acción y se encuentran en el quehacer cotidiano, se suele confundir o asociar la animación con la gestión cultural, no siendo necesariamente coincidentes en propósitos y estrategias. De algún modo esta situación habla de un campo disciplinar compartido y en tensión, sobre todo si se considera la matriz administrativista o de mercado que prima en la noción de gestión cultural en nuestros países. Del mismo modo, la irrupción de la noción de profesionalización de la gestión cultural en nuestro país ha contribuido a problematizar el rol y perfil de los gestores y animadores culturales, en virtud de la necesaria explicitación de sentidos para trabajar en el campo cultural comunitario y las herramientas que se requieren para ello, lo que no obstante se mantiene en deuda en lo que a favorecer la formación y certificación de competencias de este sector se trata.

La animación sociocultural no solo busca promover, sino acompañar procesos participativos y de desarrollo a nivel de grupos y comunidades, constituyéndose en un valioso recurso metodológico para quienes trabajan en el campo cultural comunitario. De este modo la animación y su perspectiva buscan ponerse al servicio de un hacer en desarrollo, activar lo pasivo y movilizar aquello que requiere mayor dinamismo o activación. Es por ello que las prácticas de animación cultural constituyen acciones intencionadas provistas de objetivos, sentidos y que generan productos, a diferencia del espontaneísmo que en ocasiones se le suele adjudicar.

En este marco, “pensar y hacer” animación sociocultural en la actualidad es buscar desde la experiencia misma con grupos y comunidades contribuir a generar espacios de participación y protagonismo en la cultura y la ciudad, que posibiliten la visualización y proyección de las expresiones culturales propias de los actores culturales de base. Es buscar respuestas desde la acción colectiva y cooperativa a los problemas presentes en el territorio en función de un nosotros que supere el individualismo e intervenga en todo espacio donde sea posible generar movimiento para el logro de un propósito. Y sin duda es también la búsqueda permanente de estrategias para encantar la participación y poner en tensión esas ganas y energías al servicio de un proyecto colectivo que permita abordar los problemas y sueños de las comunidades desde un es posible y necesario, que contribuya a democratizar el acceso a la cultura y sus manifestaciones como derecho y saludable ejercicio de ciudadanía. 



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